INVIERNO
Siempre
supieron que ese día, tarde o temprano tendría que llegar. Por más que no
pensaran en eso, ni visualizaran los pro y contras de la situación. Ahí
estaban, frente a frente. Y los días anteriores de rutina y monotonía, de olvidos
y despistes ahora eran una carga. Ninguna tenía un plan prearmado para saber
que hacer o decir.
Frente a
frente. Había recuerdos de las ropas y los gestos; Colocar el pelo detrás de la oreja por un
lado, morder el labio inferior por el otro. Las cicatrices que poblaban los
rostros seguían ahí. Una sobre la ceja derecha y otra a lo largo de del cuello.
Se conocían a la perfección,
ahora recordaban cuantas veces sus lenguas y manos, habían recorrido el cuerpo
que tenían enfrente; uno blanco y enjuto, otro largo y perfecto.
Las palabras
dichas frente al espejo una y otra vez se escondían tras el asombro provocado
por el encuentro.
Y no fue por culpa de
nadie la separación, ni del tiempo o del miedo; sólo que los cuerpos se
fundieron uno en el otro y autómatas siguieron sus pasos dando por echo que la
otra aceptaría todo, por que se querían, por que eran una…por que serían eternas.
Y cada
vez brillaba menos el recuerdo de las
noches juntas. Fugaces, porque así fue el destino con ellas. Prisioneras de una
historia sin futuro desde el comienzo.
A los oídos llegaban sólo algunas palabras, recordó a te
quieros y mil versos, sueños trasformados en pesadillas y promesas que nunca se
cumplieron.
Los
movimientos estaban estudiados, piernas cruzadas al sentarse por un lado y por
el otro, juegos con el anillo que dejaban ver unas manos delgadas con el asomo
de todos sus huesos…perfectas para quien estaba al frente.
Los
recuerdos se apoderaban de los cuerpos.
La pradera donde se produjo el primer encuentro, la noche que conocieron
el fuego, palabras dichas desde el alma, peleas que terminaban en la cama.
Llueve
afuera, las gotas escurren por los
cristales con languidez. Aguantan las lágrimas, se arrepienten por no haber
encarado el futuro desde otro ángulo, haber hablado en vez de gritar, haber
actuado en vez de esperar que la vida fuera de la forma que a ellas les convenía.
Se
saludan, besos que dejan sensación de presión en las mejillas, ojos que se
cierran conteniendo las ganas, brazos que se aprietan queriendo retener un poco
más el tiempo, olores conocidos; el
perfume que se regaló para aquella fecha, la crema que se trajo de aquel viaje
y todos observan cómplices el reencuentro, se preguntan si alguna vez existió
algo o si es ahora cuando todo comienza. Y ambas piensan en el qué dirían si
supieran que se conocen desde las entrañas al alma, que la vida las juntó mucho
antes que se conocieran, que nacieron para amarse en el país de las sombras,
que cada poro del cuerpo fue llenado por los poros de la otra, que conocieron
el cielo que se refleja en los ojos, el infierno de saberse sin futuro y se
separan y se alejan y vuelven a estar frente a frente una en cada esquina del
salón.
Piensan
en su historia. La pasión derrochada en cada mirada, la rabia por cada hora de
separación. Y clavan su mirada en lo más profundo de los ojos. Vuelven a expresarse los códigos ya
conocidos. Una mano al cuello que lentamente baja por el pecho, ojos que
brillan deseando ese cuerpo, sonrisas que invitan al cielo, rictus que expresan
tensión.
Entonces
entienden que el juego será eterno, que a lo mejor si una se va primero, luego la
otra la puede alcanzar sin llamar la atención. Y la más alta se despide del
resto, culpa a la jaqueca que espera que no aparezca y en la puerta, vuelve su
mirada y da el vamos al encuentro
Separadas en sus propios autos, se dirigen
a la pequeña cabaña de la precordillera, la que está rodeada de eucaliptos y
conocen a la perfección. Saben que habrá lágrimas y besos, que los cuerpos se
unirán en mil destellos.
Mientras
sigue lloviendo, se recorren con la
mirada, quitan la ropa que estorba y se tiran al suelo. Tratando de ganarle al
tiempo, se aproximan, se seducen; se enredan en sus propios abrazos. Mezclan
besos, intercambian pasión. Vuelven a consumirse una en la otra, vuelven a
fundirse…desde la médula a la piel.
No
entienden por qué todo es tan difícil, porqué ganó el trabajo, los miedos, la
familia, los comentarios y el silencio.
Y se escuchan
promesas de viajes y vida en común, pero hablan poco, saben que el tiempo no está de su parte.
La
lluvia golpea los cristales, torbellinos de dudas surgen entre ambos cuerpos…¿y
si nos vamos ahora?…yo tengo dinero…dejemos una carta…mañana llamamos por
teléfono…
Pero no hacen nada, saben
que no llegarían muy lejos. Piensan en los niños, las colegiaturas, las horas
al médico, las fiestas de quince y de graduación, el dentista, las urgencias en
la clínica alemana. Por un segundo piensan en Gonzalo y Cristian, si el destino
terminaría por juntarlos para pasar las penas.
Y se
odian, culpan a los años pasados, la falta de valentía para defender lo de
ellas. Si hubieran hecho lo correcto solo Gonzalo y Cristian serían los
heridos. Pero ahora hay niños de por medio, niños de la otra que nunca serán propios,
niños que ven a la tía tierna y cariñosa que siempre tiene tiempo, que siempre
los acompaña cuando su padre está en otra reunión importante.
Y
recuerdan la universidad, sus primeras miradas. Idas a la playa todos juntos y
fogatas llenas de guitarras. Cuando aparecieron Gonzalo y Cristian llenos de
proyectos y grandes sueños, cautivando, hipnotizando. Y descubren que esa
ceguera sólo duró unos años, que no fue amor, que en la búsqueda de nuevas
emociones, se perdieron.
Entonces
se duchan, como antes, cuando no había prisas y deciden verse al día siguiente,
para comenzar el juego oculto que ya conocen. Se besan, vuelven a llorar, se
aprietan como nunca, aguantan la respiración; les duele el alma, el cuerpo y el
corazón.
Bajan sin mirarse, suben a sus autos
sin hablar, encienden los motores y se alejan una vez más.
Se
adelantan de vez en cuando mirándose por los retrovisores. Saben que nunca más,
que nunca más será como antes, que ambas tienen sus familias, que les aterró
formar una en común y se arrepienten y
tienen cargo de conciencia y Gonzálo y Cristian estarán pensando que la reunión
de ex alumnos está entretenida y por eso tardan.
Y
lloran, con la radio encendida y la lluvia cayendo contra el parabrisas; porque
se aman y se perdieron; porque se aman y no supieron…para que duela menos,
dijeron. Y en los cuerpos aún están plasmados los besos de la otra, los mapas
dibujados en la espalda, la pasión galopando por las venas.
En la calle principal se separan, una mano
que se asoma agitada, unos ojos llenos de lágrimas.
Y llegan
a sus casas. Gonzalo y Cristian preguntan si había alguien conocido, si estaba
María y si estaba Carla. Y ellas dicen que sí, que siguen igual que siempre.
Y se meten a la cama y ambas a la
distancia saben en que están pensando…la condena de estar toda la vida con la
persona equivocada al lado.
Se
duermen con lágrimas en los ojos y la garganta apretada.
Afuera todavía
queda mucho de invierno.
(Cuento escrito en el verano del 99'9
Saludos, cada vez que te leo me transportas... Que habilidad la que tienes!!! Solo una buena escritora logra algo así en mi. Gracias gracias gracias Violeta!!! Aveces nos perdemos para encontrarnos y así saber a donde perteneces, que complicado el ser humano pasar tanto trabajo solo por no tomar una decisión, CUAL? DEJAR EL MIEDO... y DECIDIR VIVIR EN EL AMOR...
ResponderEliminarGuauuuuuuuuu, Prince, eres una escritora excepcional, tienes un gran talento. Por Dios como haces verme reflejada en tus escritos. Cuanto miedo llevamos dentro y no nos atrevemos a dar ese paso trascendental en nuestras vidas que nos haría tan felices....
ResponderEliminarUn abrazo
MI bella, cuántas cosas hemos hecho en forma errónea? cuántas cosas no hemos hecho?, cuánto hemos dejado de sentir? maldito miedo... maldito miedo que a mi me paraliza... maldito miedo que no me deja avanzar... no dejes de escribir.... no dejes de sentir y no dejes de actuar, te adoro!
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